Es lo que dicen algunos,
cada vez que alguien les habla de la Ley de Dios,
conocida en hebreo como Toráh.
Lo dicen con seguridad.
Con tono firme y sin temor.
Casi con orgullo.
—La Ley ya no es necesaria —repiten—.
Jesús la clavó en la cruz —afirman—.
Estamos bajo la gracia, y no bajo la Ley —argumentan—.
Y la verdad, no lo dicen por maldad.
Lo dicen porque así se los enseñaron.
Porque es cómodo.
Porque genera una zona de confort para el cristiano.
Porque es más fácil creer que ya no hay nada que obedecer.
Esta es la historia de uno de aquellos, que afirmaba lo mismo,
hasta que fue confrontado con la realidad.
No fue en una iglesia.
No fue en un sermón.
Fue en su casa.
Una noche cualquiera,
después de una discusión con su hijo,
que se salió de control.
Palabras duras.
Puertas azotadas.
Silencio espeso.
Su hijo, de apenas diez años,
lo miró con los ojos llenos de miedo
y le dijo algo que lo quebró por dentro:
—Papá… ¿por qué te enojas tanto conmigo si dices que amas?
Esa noche no pudo dormir.
Por primera vez se preguntó algo que nunca se había permitido:
¿Qué pasaría si no existieran normas?
Si no existiera “no matarás”.
Si no existiera “no adulterarás”.
Si no existiera “no mentirás”.
Si no existiera “honra a tu padre y a tu madre”.
Si no existiera el mínimo de lo que la gente conoce como:
Los Diez Mandamientos (Éxodo 20).
¿De verdad el mundo sería mejor…
o simplemente más cruel?
Al día siguiente, manejando al trabajo,
alguien lo cerró brutalmente.
Sintió la ira subirle como fuego.
Insultos salieron por su boca.
Deseos de venganza.
Y pensó:
Si no hay ley… ¿por qué me molesta esto?
Ese mismo día tuvo un problema en el trabajo.
Mintieron sobre él.
Lo señalaron injustamente.
Y algo por dentro se rompió.
—¡Esto no está bien! —pensó—.
¡Esto es injusto!
Entonces le vino la pregunta que lo persiguió toda la semana:
¿Injusto según qué?
Si no hay ley…
¿qué define lo justo?
¿qué define el pecado?
¿qué define el amor?
Esa noche abrió la Biblia,
no para defender su postura,
sino para entender.
Y leyó algo que nunca había querido enfrentar:
“Por tanto ¿estamos inhabilitando la Ley por medio de la fe?
¡De ninguna manera!
Más bien, estamos confirmando la Ley” (Romanos 3:31).
Y entonces entendió algo que le dolió…
pero lo liberó.
Jesús, que su Nombre real es Yeshúa, no clavó la Ley en la cruz.
Él fue clavado porque la Ley fue quebrantada.
La Ley no murió.
Murió el Hijo de Dios,
para pagar por nosotros,
lo que la Ley condenaba.
Porque si la Ley hubiera sido quitada,
no habría hecho falta la cruz.
La cruz no es el fin de la Ley.
Es la prueba de que la Ley es:
tan santa, tan justa y tan buena (Romanos 7:12)…
que alguien tuvo que morir por romperla.
La gracia no vino a borrar los Mandamientos.
Vino a salvar a los que no podían cumplirlos.
Ese día entendió algo profundo:
La Ley no es una escalera para llegar a Dios.
Es un espejo que muestra cuánto lo necesitamos...
y cuán pecadores somos.
No obedecemos la Ley para ser salvos.
Obedecemos porque ya fuimos salvos por amor.
La Ley no es enemiga de la gracia.
Es su compañera.
Como los rieles de un tren:
uno sin el otro, no llevan a ningún lado.
Y entonces recordó a su pequeño hijo.
Su miedo.
Su pregunta.
Y comprendió:
Sin Ley no hay pecado.
Sin pecado no hay necesidad de Salvador.
Y sin Salvador…
la cruz pierde sentido.
Hoy, cuando alguien dice:
—Eso se clavó en la cruz…
Él responde con misericordia, no con debate:
—No.
Lo que se clavó en la cruz,
fue al Amado Hijo de Dios,
por personas que siguen necesitando dirección, verdad y gracia.
Lo que se clavó en la cruz,
a través del Sacrificio del Salvador,
fue “el acta de edictos que había en contra de nosotros”.
Así dice la carta a los Colosenses 2:14:
“Él borró el acta escrita de edictos
que había en contra de nosotros,
y como nos era adversa,
la quitó de entre nosotros y la clavó en la cruz.
Porque la Ley no nos salva.
Pero nos descubre nuestro estado espiritual pecaminoso,
para señalarnos al único que puede dar Salvación.
Y mientras exista pecado,
mientras exista injusticia,
mientras exista maldad…
La Ley seguirá siendo necesaria.
Necesaria, para que el hombre pueda ser consciente de pecado,
y ser guiado hacia la fuente de Salvación,
hacia el Único que tiene poder para liberar,
de la paga del pecado: la muerte.
Y obtener así, Vida Eterna.



