Según el relato Bíblico, la personalidad del apóstol Yojanán (Juan) experimentó una profunda transformación a lo largo de su vida, pasando de ser un joven temperamental, y por ende con un carácter ardiente, explosivo e impetuoso, a convertirse en un hombre caracterizado por el amor y la compasión.
“Hay personas que actúan equivocadamente…
pero, porque están rotas por dentro y no saben cómo amar”.
A Yojanán y a su hermano, el Señor Yeshúa, les puso un sobrenombre que pesaba: Boanerges (Hijos del trueno, y literalmente, Hijos de Furor).
No porque Yojanán predicara fuerte,
sino porque hería fuerte.
Podemos deducir que por su temperamento, Yojanán lastimaba con palabras.
Con silencios.
Con miradas.
Con esa forma de hablar sin pensar que deja a otros pequeños por dentro.
Como cuando dices “yo solo digo la verdad o no tengo pelos en la lengua”,
pero sabes que lo dijiste para herir.
Yojanán era así.
Impulsivo.
Reactivo.
De los que explotan antes de escuchar.
De los que justifican su dureza diciendo:
“Yo soy así”.
Y un día lo dijo sin titubear:
“Señor, ¿quieres que hagamos descender fuego del cielo y los consuma?” (Lucas 9:54)
Yojanán no pensó en las personas.
Pensó en ganar.
Pensó en tener razón.
Pensó que Dios estaba de su lado…
aunque eso significara destruir.
Yeshúa lo miró,
y no lo celebró, por el contrario lo reprendió.
Porque el peligro de fallar es no darse cuenta de que se está fallando.
Aquí es donde esta historia se vuelve incómoda.
Porque muchos de nosotros sabemos que estamos mal.
Sabemos que herimos.
Sabemos que hablamos de más.
Sabemos que reaccionamos mal.
Sabemos que no pedimos perdón o si lo pedimos nos justificamos.
Y aun así seguimos igual.
Yojanán también debió saber que estaba mal.
Sin embargo, a pesar de aquello, ese fue el comienzo del milagro.
Yojanán empezó su cambio, porque decidió acercarse a su Maestro Yeshúa.
Y aunque no sabía amar, se recostó en el pecho de Aquel que sí sabía.
Yojanán estuvo ahí cuando Yeshúa lloró.
Yojanán estuvo ahí cuando Yeshúa fue arrestado.
Yojanán estuvo ahí cuando todos se fueron y Yeshúa fue crucificado.
Y poco a poco, el trueno se fue calmando y aprendiendo a escuchar el latido.
El mismo Yojanán que quería que descendiera fuego…
terminó escribiendo en sus cartas de manera tierna y amorosa:
“Hijitos míos…”
El hombre que hería con palabras
aprendió a hablar con compasión.
El que reaccionaba sin pensar
aprendió a amar con paciencia.
Y aquí viene lo más hermoso…
lo que hace llorar de verdad:
El Señor nunca rechazó a Yojanán por ser trueno y, aunque lo tuvo que reprender…
lo abrazó… y se quedó con él.
Yeshúa no le dijo: “Cambia y luego vienes”.
Le dijo con su Presencia: “Ven… y quédate”.
Porque Dios nos da oportunidad de acercarnos a Él, a pesar de nuestras fallas y errores.
No nos aleja, si estamos dispuestos a ser transformados por Él.
Si hoy te reconoces duro, temperamental, torpe para amar,
si sabes que no eres lo que quisieras ser,
si te duele haber herido a otros…
No te vayas.
No te escondas.
No te castigues.
Acércate al Señor.
Recuéstate en Él.
Y llora sobre Él.
Porque en los brazos de Yeshúa,
hasta los hijos del trueno
aprenden a amar.



