¿Qué es la Fe?

La palabra hebrea para fe es “emunáh” “אֱמוּנָה”, que hace referencia a la firmeza o confianza, y se define como la fuerza con la que nos agarramos o sujetamos de alguien o algo.

La primera vez que aparece la palabra “emunáh” en la Biblia es en Éxodo 17:12, cuando se habla de la “firmeza” que tuvieron los brazos de Moisés en su lucha contra Amelek. Desde allí se nos empezaba a revelar que la fe es esa firmeza que debemos tener para prevalecer contra nuestros opositores y adversarios que quieran impedirnos llegar a nuestra tierra prometida. Y que nuestra lucha no es humana, física, sino espiritual. Y así como Amalek, fue el primer pueblo que se le opuso a Israel para llegar a su destino, después de haber salido de Egipto, nosotros tendremos oposición para no llegar a nuestro destino.

Para entender mejor lo que significa la palabra “emunáh” debemos recurrir a su raíz la cual es “amán” que significa “creer, confiar”, y se define como “tomarse de la diestra de alguien, tal como un niño se toma de la mano de su padre”. De ahí que “amán” también se use para describir la crianza que un padre da a su hijo, esto lo vemos claramente en la relación de Mardokeo con Ester:

“Éste había criado [amán] a Hadasáh, quien era Ester, hija de un tío suyo, porque ella no tenía padre ni madre, y la muchacha era de bella figura y hermosa apariencia. Cuando murieron su padre y su madre, Mardokeo la tomó como hija suya” (Ester 2:7).

Es decir, que la fe es la base de la crianza de un hijo de Dios. En otras palabras, la fe es la formación que recibimos de parte del Padre Eterno para ser recibidos como sus hijos por medio de Yeshúa Mesías en la confirmación de su Ley.

La primera vez que aparece en la Biblia la raíz hebrea “amán” es en Génesis 15:6:

“Y creyó [amán] Abraham a YAHWEH, y le fue contado por justicia”.

Por tanto, entendemos que lo que pasó con Abraham fue que se tomó de la mano del Todopoderoso, y tal como un niño tomado de la mano de su padre, se dejó guiar a donde Él le llevaba, fue literalmente criado, instruido y enseñado por el Eterno Dios a pesar de ser un hombre entrado en años.

“De igual manera los de la fe son bendecidos junto con el creyente Abraham” (Gálatas 3:9).

Esa bendición es la vida que estaba profetizada desde la antigüedad para todos los creyentes:

“He aquí, el que se enorgullece no es recto de alma, más el justo por su fe [emunáh] vivirá” (Habacuc 2:4).

Pero, no debemos olvidar que la fe también es la base de la Ley del Eterno Dios, y es la que la confirma, tal como lo enseñó el mismo apóstol Pablo:

“¿Acaso, por la fe inhabilitamos la Ley? ¡De ninguna manera, sino que confirmamos la Ley!” (Romanos 3:31).

La palabra griega que traducimos como “confirmamos” es “histomen” “ἱστῶμεν” que viene de “ἵστημι” “hístemi” que significa, poner algo en firme, o establecerlo, afirmarlo, estar de pie.

Esta misma palabra la encontramos en el relato del Evangelio respecto a las ovejas y a las cabras:

“A las ovejas confirmará [hístemi] a su derecha, y a las cabras a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ¡Vengan, benditos de mi Padre, hereden el Reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo! […] Entonces dirá también a los de la izquierda: ¡Apártense de Mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!” (Mateo 25:33-34, 41).

Vemos que las ovejas serán confirmadas, ¿por qué? Porque usaron la fe para confirmar la Ley, en vez de rechazarla. En cambio, a los que no confirmaron la Ley, sino que la rechazaron les dice “malditos”, ya que la Ley exige el amor al prójimo tal como lo enseña el libro de Levítico:

“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy YAHWEH” (Levítico 19:18).

Esa maldición queda perfectamente expresada en lo dicho por Yeshúa:

“Entonces les declararé: Nunca les conocí. ¡Apártense de Mí, violadores de la Ley!” (Mateo 7:23).

La palabra que traducimos como violadores de la Ley es “anomían” “ἀνομίαν” que viene de “anomía” “ἀνομία” que significa, infracción o violación de la Ley.

Hasta aquí entendemos que la fe es el instrumento por el cual se confirma la Ley de Dios conocida en hebreo como Toráh.

Por tanto, el llamado continuo que hacían los profetas era permanecer firmes en el Eterno, y en esa firmeza encontraremos el fin o propósito de nuestras almas, la salvación:

“Pero nosotros no somos de los que retrocedemos para destrucción, sino de los que tenemos fe para preservación del alma” (Hebreos 10:39).

“Obteniendo el propósito de la fe de ustedes: La salvación de las almas” (1Pedro 1:9).

Esta fe es la que nos permite ver anticipadamente la salvación que ha sido programada desde la antigüedad.

“Ciertamente la fe es el anhelo de lo que esperamos, el fundamento certero de los hechos que aún no vemos” (Hebreos 11:1).

Sin embargo, debemos entender que nuestra fe será puesta a prueba constantemente, a fin de que estemos evaluando nuestra vida, para no perder nuestro objetivo, la salvación.

“Ustedes que son guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación, la cual está preparada para ser revelada en el tiempo final y en lo cual se gozan; es necesario que por ahora, aunque sea por un instante, sean afligidos por diversas pruebas, para que habiendo sido aprobada la fe de ustedes, que es mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque es perecedero, debe ser aprobado por fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra en la revelación de Yeshúa Mesías; a quien ustedes aman sin haberle visto, y en quien aun no viéndole, pero creyendo, se alegran con gozo inefable y glorioso” (1Pedro 1:5-8).

Por Carlos Rabat

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